Domingo Bresci: «Éramos parte de un grupo que quería una renovación profunda de la Iglesia»

A poco de cumplirse un nuevo aniversario del asesinato del padre Mugica, el 11 de mayo, el referente de los curas en Opción por los Pobres y de sacerdotes para el Tercer Mundo, repasa aquellos años de efervescencia política y reflexiona sobre los tiempos actuales.

El padre Domingo Bresci no descansa. A los 88 años y con 64 años de sacerdocio sobre los hombros sostiene una intensa agenda pastoral, social, cultural y política que lo lleva a recorrer semanalmente varios barrios porteños para participar en reuniones, presentaciones de libros y un sinfín de debates de actualidad.

Entre 2003 y 2005, el padre Domingo colaboró con el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación en el Plan “Manos a la Obra” y entre 2006 y 2016 se desempeñó como consultor de la Secretaría de Culto de la Nación. Previamente, en 1994, había compilado el libro “Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Documentos para la memoria histórica” y más recientemente publicó “Historia de un compromiso” donde repasa su itinerario personal y el del MSTM.

A pocos días de cumplirse un nuevo aniversario del asesinato del padre Carlos, el 11 de mayo, Bresci recibió a Identidad y Cultura en uno de los salones del Hogar Sacerdotal donde vive junto a otros religiosos mayores, para recordar a Mugica, con quien compartió la pertenencia al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). También para repasar aspectos centrales de su propia historia pastoral y militante.

“Este es Eduardo González que está viviendo acá y este otro es Alberto Carbone que falleció. Yo soy este flaquito, con más pelo, claro”, dice con una sonrisa mientras recorre con el dedo índice la tapa de Historia de un compromiso, donde él aparece a la izquierda de Carlos Mugica.

-¿Cómo se recuerda hoy al padre Carlos?

-Una de las incógnitas que me planteo es qué presencia tiene Carlos hoy. ¿Quién conoce a Mujica? Seamos honestos. ¿Qué sabe la gente de Perón o del Che? Son preguntas que me hago porque trato con jóvenes. Yo digo que hubo cientos de curas que no tuvieron su trascendencia mediática, pero tipos como Carlos Mugica, gracias a Dios, en el Movimiento llegamos a ser 400. A él lo mataron pero hay 21 curas desaparecidos, presos, torturados y otros cien que pasaron por las cárceles, se tuvieron que exiliar o los expulsaron del país.

-¿La diferencia con los otros cientos de curas del Movimiento era su característica de divulgador?

-Por sus condiciones personales, su capacidad evidente y su compromiso, aparecía más. Todo lo humano le preocupaba. A él y a todo ese sector de esa generación de curas que estábamos en el espíritu del Concilio. Nosotros tenemos una limitación, que es mirar las cosas desde la Capital, pero en Córdoba, Mendoza, Corrientes o Rosario había grupos de curas de la gran siete que se expresaban a tal punto que todos tuvieron conflicto con sus obispos. Formábamos parte de un grupo que era combativo y quería una renovación profunda de la Iglesia y estábamos en todas las luchas populares. No solo hacíamos documentos. En todas las luchas de los ‘60 y los ‘70 había curas en la primera fila, que no se escondían.

A veces se lo recuerda como una estampita

-Tal cual. Mugica no es un santo de estampita. Los santos no son una estampita. Eran santos, eran pecadores, ambiguos, contradictorios. Ese era su mérito, que desde esa condición, estaba absolutamente comprometido, podía haber sido obispo. Él eligió. Fue uno de los sancionados por el cardenal Aramburu, por su presencia pública. Se lo identifica con el tema villa, pero detrás de la cuestión social está la cuestión política. Había un vínculo casi carnal con el Peronismo. En el Movimiento había tres líneas: la movimientista, por un peronismo con Perón; el Peronismo de Base, por un peronismo sin Perón y la trotskista. Carlos viajó en el chárter con Perón (el 17 de noviembre de 1972).

-¿Cuáles eran esas contradicciones?

-Carlos era un convertido que venía de la clase oligárquica y del antiperonismo. Uno se acerca a los pobres lo más que puede. Los curas somos todos de clase media o media popular. Todos burgueses. No somos pobres porque tenemos todo lo que necesitamos, hasta un hogar sacerdotal para cuando estamos viejos. ¿Quién tiene esa ventaja? En su caso, menos. Iba a dormir a su casa. «Yo no me puedo quedar a dormir en la villa. No me da el cuero», decía. Pero no era necesario vivir en una villa para estar con el pueblo. Mugica no fue el único cura de clase alta que perteneció al MSTM. Fue el que más sobresalió. Se fue convirtiendo de a poco, desde que era seminarista, visitando los conventillos del barrio de Once con Monseñor Iriarte, después se fue con un grupo de jóvenes de la JUC (Juventud Universitaria Católica) a Reconquista y en ese grupo estaban Firmenich, Norma Arrostito, Abal Medina. Volvió como secretario del Cardenal (Antonio) Caggiano, nada menos, ahí arriba. Colaboraba en la parroquia del Socorro y le pidieron ir a celebrar misa en la villa. Ahí se enganchó. Eso le trajo enfrentamientos con toda su familia. Su papá fue ministro de Relaciones Exteriores, el tío director del Correo. Era toda gente de la oligarquía y Carlos fue a reclamar el cadáver del Che a Bolivia; visitó a Perón en Puerta de Hierro en el 68 y cuando fue a París participó del Mayo Francés.

-¿Cómo era ese sector de curas?

-Nos preocupábamos por esa realidad mundana y humana y pasábamos la frontera de lo eclesiástico, clerical, tradicional. Nos interesaba la presencia de Dios en el mundo, en la historia. Leíamos Freud, Marx, todo lo que viniera. Éramos un emergente dentro de la Iglesia de una juventud revolucionaria de los ‘60 que surgía en la sociedad, particularmente de los países de América Latina y de África. Argelia, los hermanos franceses, los Panteras Negras en Estados Unidos. Vivíamos a pleno cada día. La revolución estaba a la vuelta de la esquina. Fue simultáneo en la sociedad y en la Iglesia. Después nos chocó la vida.

-El entusiasmo con el que recuerda esos años del Movimiento dejan la idea de que todo tiempo pasado fue mejor.

-Fue ese tiempo de la historia del mundo. Después se empezó a retroceder en la Iglesia y en la sociedad. Es para hacer un análisis histórico más amplio de cómo se pasa de la revolución a la contrarrevolución total. Ahora estamos a la defensiva. En aquel momento estábamos a la ofensiva total y masiva porque hasta la Iglesia se enganchó, estaba en esa onda del clima de época. Tenemos documentos sobre el socialismo que queríamos, que no era el soviético pero sí el de la distribución, la socialización de los medios de producción, de la cultura.

-¿Cómo se expresaba ese entusiasmo en la Iglesia?

-Para nosotros el impulso mayor fue el Manifiesto de los 18 Obispos del Tercer Mundo, la fuente de inspiración para organizarnos como movimiento. Lo anterior venía del Concilio Vaticano I, que a su vez tenía a “Trento” detrás (Documento de los Sacerdotes de Trento, publicado en 1968). Juan XXIII rompe con lo más tradicional de la iglesia y entonces en todo el mundo se produce esta transformación. Los obispos, principalmente de Asia, África, Oceanía y América Latina ven que la mirada del Concilio, por más avanzada que fuera, era una mirada eurocéntrica. Estos tipos venían del sur global, de los países no alineados, del tercer mundo… de los pueblos pobres y oprimidos. Y eso no está reflejado en el Concilio que termina en el 65. En el 67 Pablo VI saca la Encíclica Populorum Progressio («El Progreso de los Pueblos») que habla de pueblo desarrollado y subdesarrollado, norte y sur, de los pobres y oprimidos y eso nos entusiasma y hace que los curas que veníamos de la renovación litúrgica y catequética, digamos, “hay otra perspectiva”, una Iglesia que va hacia el mundo, hacia los hombres y se mete en la historia de la humanidad.

-Y el debate se extendió en la Argentina

-Un grupo de curas obreros recibió ese documento de parte de Monseñor Devoto, el obispo de Goya, que había participado en las discusiones de los obispos del tercer mundo. Evidentemente había una base en Argentina y la primera respuesta fue que 240 curas de todo el país, que estaban escondidos, ocultos, firmaron una adhesión y a los pocos meses ya éramos 320 los que coincidimos con ese planteo. Ese fue el arranque del Movimiento. Llegamos a ser cuatrocientos de los cuales más de doscientos éramos participantes activos. Después había otros curas que se acercaban y otros que no querían figurar. Más tarde pasamos de la ofensiva de los 60-70, a ver cómo sobrevivir. Nosotros luchábamos para destruir el capitalismo y ahora estamos luchando para ver cómo sobrevivimos en el capitalismo. Esta es la diferencia.

-¿La dictadura fue un parteaguas para el Movimiento?

-No, no. A nivel internacional, el Concilio Vaticano fue cuestionado hasta en vida de Pablo VI dentro de la Iglesia. Pasamos de la primavera de América Latina al invierno y a retroceder en muchas categorías y planteos. Después se fue saliendo de a poquito, pero ahí estamos. Cada papado tuvo un matiz. Juan Pablo II no estaba en esta. Tenía una mentalidad totalmente europea, anticomunista, venía de Polonia y tenía sus razones para ser anticomunista. Recorrió América Latina, habló de los pobres pero estaba muy estructurado. Benedicto era un gran teólogo que se cansó y se las tomó. Fue el único caso en 500 años de un papa que renunció por agotamiento, por no sentir que pudiera afrontar las nuevas realidades de la historia. El gran cambio fue que un latinoamericano sea papa. En eso nos adelantamos nosotros, después, Francisco se hizo tercermundista, pero primero fuimos nosotros.

-A Francisco se le critica por izquierda que previamente no reflejaba ni en el discurso ni en la acción lo que después fue como Papa.

-Hay muchas interpretaciones pero es cierto que una cosa fue Bergoglio y otra Francisco. Hay distintas opiniones acerca de si el poder hace que te sientas más independiente para hacer lo que querés hacer o lo que descubriste. Se sintió más suelto, menos condicionado por todos los que lo miraban. Suponemos que alguna acción del Espíritu Santo lo fue empujando para que comprendiera lo que significaba que hubiera un Papa argentino, latinoamericano en una Iglesia que se quedó en la mirada eurocéntrica. Él ya tenía una inclinación, hablaba mucho de la Patria Grande y fue coincidiendo con estas inquietudes que son las del tercer mundo.

-¿Francisco fue un papa peronista?

-Yo lo definía como un papa conservador popular. Lo demostraba él, no lo digo yo. Estaba con el peronismo de derecha. Por su formación, por la gente intelectual con la que se rodeó, era más bien de una línea conservadora pero popular, como Solano Lima (se ríe). A su manera era recontra político, y eso lo dicen los jesuitas que lo rodeaban. Por lo que callaba y por lo que decía. Por lo que hacía públicamente y por lo que hacía por abajo. Yo digo que como Papa estuvo a la izquierda del Episcopado. Podés tener mil objeciones, pero él hoy es reconocido como un líder religioso universal. Los efectos de su liderazgo fueron a favor del pueblo y de los pobres. Hizo ver a grandes líderes que el camino iba por acá, con los pobres, con el cambio climático y con los inmigrantes. Eso es muy valioso.

-Y ahora parece que es el tiempo de la extrema derecha.

-Es este neoliberalismo que se encuentra a nivel internacional, en Estados Unidos, en España. Francisco es como una pequeña luz que dice, «ojo, por dónde van”.

-¿El avance de la derecha es parte de una crisis cultural o de representatividad?

-Un poco de todo. Yo insisto con lo cultural en el sentido amplio del comportamiento, de sentimientos, de frustraciones, de desaliento, de disconformidad con lo que se hizo. Durante el gobierno de Cristina se hicieron una pila de cosas fantásticas, pero no llegaron a lo profundo del sentimiento de la gente. Además hay un fenómeno mundial de derechización, que es cultural porque hay un cambio de valores y de principios en el mundo.

-¿Cree que va a persistir la evolución de esa extrema derecha?

-No tengo la bola mágica. En la sociedad argentina hay un 35 o 40% que está en la línea nacional y popular y todavía guarda tradiciones, pero hay otro 35 o 40 que siempre fue antiperonista y no cambia. No solo políticamente sino con todo el contenido que tiende a ser antiperonista, racista y discriminador. Todo eso está instalado en la sociedad argentina desde la época del fraude patriótico y después, con la Unión Democrática. Es una cuestión ideológica. Los procesos históricos son largos. No sabemos cuánto duran.

-¿Cómo es un día suyo acá?

-Últimamente estoy leyendo historia argentina. Ahora, sobre “Guardia de Hierro” para saber de qué se trata. Mantengo la vinculación con grupos de antes y otros nuevos, algunos del mundo cristiano y otros no. En la iglesia Santa Cruz nos juntamos todos los meses con abogados, sociólogos, psicólogos, curas. Otro grupo en esta línea es Cristianos por el Tercer Milenio, donde está Hernán Patiño Mayer. También me reúno con un grupo de exmilitantes del Frepaso que se llama Soberanía hoy; con el Instituto Federal Peronista; con el Radar Intersindical de los Trabajadores; con el Observatorio de la Riqueza y con las Comunas. Estuve en Mataderos, 25 años y en la comuna 12 de Saavedra, estuve 15 años. Ahora estoy en la Comuna 7, en Flores. Tengo vínculos con el Sindicato Gráfico y en el último tiempo me incorporé al grupo “Asociación de sobrevivientes de la tortura”, formado por personas que estuvieron presas en la ex Esma.

-¿No se “jubila” como cura?
Descanso bastante. Tengo una linda familia, así que me veo también los fines de semana con ellos y este lugar es muy lindo, cómodo, tenemos atención médica, alimentaria, fundamental y me permite hacer todo eso.

Fotos: Javier Vogel

Ver también: Entre dos fuegos, un libro para abordar la historia sacerdotal y política de Mugica

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