Miles de familias honraron a sus muertos en el Cementerio de Flores
El clima de recuerdo cada 1 y 2 de noviembre está marcado por la música y la convivencia comunitaria, lejos del silencio habitual de los cementerios.
Fotos Javier Vogel
Como cada 1 y 2 de noviembre, el Cementerio de San José de Flores, en el Bajo Flores, se transformó en el escenario de una de las manifestaciones culturales más vivas de la Ciudad de Buenos Aires.

Decenas de miles de personas, en su mayoría pertenecientes a las colectividades boliviana y peruana, junto a quechuas, aymaras y otros pueblos andinos, celebraron el Aya Mark’ay Quilla (en quechua) o Ajayu Uru (en aymara), la tradicional conmemoración del Día de Todos los Santos y de los Difuntos.
La tradición entiende la muerte como una transición y un reencuentro anual, no como una ruptura definitiva. El 1 de noviembre, las familias reciben a las almas en sus hogares con una “mesa de los difuntos” o mast’aku cargada de los alimentos, bebidas y objetos que disfrutaba el ser querido.

Al día siguiente se trasladan al cementerio para despedirlas. Sobre las tumbas o en espacios cercanos se colocan flores, frutas, hojas de coca y, especialmente, las t’antawawas: panes con forma de niños o figuras humanas que representan a las almas.
También se llevan juguetes cuando se trata de niños fallecidos y, en muchos casos, se contratan o se arman grupos de sikuris que interpretan las canciones preferidas del difunto.
El clima es de recuerdo, música y convivencia comunitaria, lejos del silencio habitual de los cementerios.

Paralelamente se desarrollaron misas y hubo espacios de oración organizados por el Arzobispado.
La Defensoría del Pueblo de la Ciudad acompaña habitualmente la jornada, tanto en la coordinación previa como durante el día, para garantizar el respeto de los derechos culturales de las comunidades migrantes.

Organizaciones como la Mesa del Aya Mark’ay Quilla vienen negociando desde hace años las condiciones de ingreso de ofrendas, instrumentos musicales y elementos tradicionales, logrando avances progresivos que facilitan el desarrollo de las ceremonias.

La persistencia de esta práctica en pleno Buenos Aires es un claro ejemplo de resistencia y transmisión cultural. Lo que comenzó de manera más reducida hacia mediados de los años noventa fue creciendo con el aumento de la migración y hoy constituye una de las expresiones más significativas de sincretismo entre la espiritualidad de los pueblos originarios andinos y la tradición católica en la capital argentina.
