Marcelo Colombo: «La Iglesia no es oposición, pero defiende la justicia social»
El titular de la Conferencia Episcopal Argentina habló con Identidad y Cultura y dejó importantes definiciones acerca de la crisis argentina y el legado de Francisco.
Por Diego Pietrafesa
El ámbito es imponente, un palacio de casi 150 años de antigüedad en el que vivieron familias de la aristocracia de dobles y pomposos apellidos: los Castells Uriburu y los Madariaga Anchorena. Y el entrevistado luce otro signo de hondo simbolismo: un cuello romano, esa tirita blanca que los sacerdotes lucen por sobre el último botón de la camisa. Sin estos detalles, el padre Marcelo Colombo, dueño de casa, titular de la Conferencia Episcopal Argentina, podría pasar por un “tipo común”, de amable charla, buen anfitrión y, de seguro, gran contertulio para un asado y, probablemente, un partido de truco. Es un anfitrión sencillo y cordial, que cuida su tono sin perder contenido ni contundencia.
-A nivel general, cuál es el diagnóstico que hace de la Argentina?
-Me parece que, sobre todo, estamos ante la crisis de la palabra, la agresividad del discurso, no solo de la política, sino de la convivencia como tal; la caída de la esperanza de muchos sectores, la falta de horizontes de tantos jóvenes y tantas personas mayores. Esos son algunos síntomas o algunas expresiones de esta realidad que vivimos. Creo que es un punto sobre el cual nadie debería desentenderse. La crisis de representatividad que se ha vivido en algún momento impone hoy una nueva reflexión sobre los liderazgos posibles y sobre lo que significa el diálogo con las nuevas formas de comunicación, porque ha sido capital en este último tiempo quién maneja el diálogo con el mundo juvenil, quién maneja el mundo de las redes y cómo se expresan en categorías así tan disruptivas, cosas sagradas que deberían merecer un diálogo, un debate social mucho más serio y mucho más meduloso.

-¿La Iglesia se siente oposición al Gobierno?
-No podemos sentirnos opositores de nadie. Muchas veces, sí, nos oponemos a cosas que van contra la dignidad de la persona, contra la comunidad, contra el proyecto de comunión que Dios nos pide como sociedad, como humanidad. No creemos que podamos ser oposición cuando nuestro discurso se ubica en la línea de los principios y de los valores, tampoco perseguimos ocupar ningún cargo de gobierno ni sacar tajada en algún interés sectorial. Ahora, evidentemente, ocuparse de la vida social, ocuparse de la dignidad de las personas, eso es política y sí, eso se hace. Hacer política significa, como diría el Papa Francisco, pensar la polis, pensar la ciudad, pensar la vida social. En eso la Iglesia como parte de esta sociedad está llamada a participar.
-¿Cómo hacer un puente con un gobierno que maldice la justicia social, al cabo, un concepto esencial del Evangelio? “Tuve hambre y me diste de comer”…
-Lo que Jesús dice en el término de la persona, la doctrina social de la Iglesia lo propone claramente como una responsabilidad del Estado. Significa que el Estado se hace cargo de los más vulnerables porque son los que necesitan ser asistidos, acompañados, visibilizados inclusive. ¿Qué ve la iglesia cuando el Estado se corre? Si el Estado se corre, por ejemplo, en los barrios populares, se perciben otras formas de subsistencia, de financiación de la vida, como el narcomenudeo, favores clientelares, las personas como rehenes.
«Lo que Jesús dice en el término de la persona, la doctrina social de la Iglesia lo propone claramente como una responsabilidad del Estado. Significa que el Estado se hace cargo de los más vulnerables porque son los que necesitan ser asistidos.»
-¿Dónde encontrar la esperanza en tiempos tan aciagos?
-Nosotros, como comunidad de creyentes, tenemos puesta la esperanza en Dios. Ahí tenemos una fortaleza que no tiene fecha de vencimiento, no tiene oposición, porque Dios es precisamente el que nos transmite esa confianza en que Él quiere hacer nuevas las cosas, que Él quiere reunirnos como Pueblo, que Él nos llama a ser un pueblo de hermanos. Estas convicciones son las que nos animan. Evidentemente, esa esperanza después tiene repercusiones sociales o reflejos en lo que significa el trabajo de la iglesia y en la posibilidad de interpelar en vistas a la esperanza de los sectores que sufren o que padecen. También para la clase política la Iglesia tiene un mensaje para comprometerlos con el liderazgo, de comprometerlos con la responsabilidad, de llamarlos a dialogar con la realidad más que con principios abstractos, más que con ideologías que pasan de moda, con eslóganes, con marketing puro. Hay una frase muy linda del Papa Francisco en su primer texto programático que se llama Evangelii gaudium: “Yo no tengo una misión, yo soy una misión en la tierra”. Es misión de la Iglesia hacerle descubrir esto a cada hombre y cada mujer, independientemente de qué función cumple o en qué profesión se ocupe. Hacerle descubrir que es una misión y que a esa misión vale la pena consagrarle todas las energías. Debemos dar este mensaje a la dirigencia y a la sociedad.

-Estamos frente a lo que hace 100 años bien describía Roberto Arlt: “el crepúsculo de la piedad”. ¿Por qué cree usted que se extiende la falta de humanidad? ¿Y por qué hay tantos que acompañan esto con su voto?
-El 27 de marzo del 2020, plena pandemia, bajo la lluvia, delante de un Cristo, Francisco proclamaba el valor de reconocernos en un mismo barco. Cuando vos pensás que estás en un barco distinto o que vos estás a salvo mientras se hunde el Titanic ahí está esa crisis de la piedad porque te desentendés del otro. Cuando vos llegás a darte cuenta que la suerte del otro y la tuya están selladas indisolublemente y vos no podés ser feliz sino a partir de la felicidad del otro es que te comprometes de una manera nueva. Por eso estas reivindicaciones de lo meritorio, esto de poner en Dios la responsabilidad de que te va bien o te va mal en lo económico, esas teorías de la prosperidad, todo eso desdibuja el sentido profundamente comunitario de la vida humana. El no querer mirar, el desentendimiento por el otro, el pensar solamente en uno mismo: esos son placebos. Poder despertar el interés comunitario, poder suscitar un vivo compromiso con la vida de todos debería ser como una misión indiscutible de los dirigentes.

-¿Cómo cree que pensaremos o explicaremos a Francisco dentro de 100 años?
-Primero, si hay una observación que hacer, es que la muerte lo liberó de la grieta. Con la muerte pudimos recuperar la posibilidad de un legado para todos. Yo creo si la revisión se dirige a la Iglesia de índole legalista, rigorista, dogmática probablemente se dirá que fue una etapa donde se hicieron o se tomaron determinaciones que pusieron en crisis conceptos o principios de la moral tradicional o de la teología más ortodoxa. Si en cambio se observara la dinámica de los procesos humanos, podríamos decir que la Revolución de la Misericordia, la concreción de la cercanía como categoría vinculante de las personas tuvo lugar en ese pontificado. Y en todo caso que dejaron de ser los grandes problemas de la Iglesia algunas cuestiones disciplinares para concentrarse en la necesidad de la persona de entrar en diálogo con Dios, de sentirlo verdaderamente su padre.
«Encontré en España este año una persona muy sencilla que me decía «era el Papa nuestro.» O sea, el Papa de los no practicantes que se reconocen creyentes.»
-Francisco llegó a gente que nunca pisó una iglesia. Fue, también, el Papa de los ateos.
-Cuando llegué a Roma para la ceremonia de su despedida me contaba gente amiga que cuando algunos curas se subían a un taxi el que manejaba les decía «A ustedes les molestaba, todos nosotros lo queríamos”. Encontré en España este año una persona muy sencilla que me decía «era el Papa nuestro.» O sea, el Papa de los no practicantes que se reconocen creyentes. También le pasó a Jesús de incorporar con un sentido más amplio las periferias, las orillas, y en ese sentido no podemos sino decir que mirando a la distancia, el de Francisco fue un pontificado totalmente cristiano.
-Fue un adelantado, entre otras cosas, en su relación con los medios y su capacidad como comunicador. A propósito de esa cualidad, ¿cómo vio el recital que dio el Padre Guilherme Peixoto en Plaza de Mayo?
-Yo creo que fundamentalmente ha sido una expresión de la búsqueda de Dios a través del arte, de la música y también una convocatoria intergeneracional, porque había personas distintas edades. música con mensaje. Evidentemente no estábamos frente a un acto litúrgico, no estábamos ni siquiera frente a un momento de culto, estábamos en un momento de profunda condición humana y a la vez un momento donde se podía plasmar una escucha distinta de la voz de Francisco sobre el soñar, sobre el proyectarse, sobre el vincularse con Dios, frente a otros mensajes a contracorriente, porque lejos del individualismo nos concentraba en un mensaje profundamente comunitario. Hay que seguir cultivando esas apuestas a crear comunión, a superar lo estrictamente formal para conectar con la vivencia de sentimientos profundos, de ideales hondos de sueños comunitarios. Creo que este este tipo de expresiones nos hacen crecer. Se que hay sectores de la Iglesia que dijeron cosas feas de eso, que se sienten tocados por las sospechas o ven más allá de lo que las cosas son, que inventan o imaginan. Pero hay que hablar de la gran mayoría de las personas que se ha sentido tocada por un momento genuino de alegría y una forma de bailar y de celebrar que es propio de estos tiempos, algo destacable, más si se pueden vivir en comunidad.
Mamerto Menapace, un hombre que conmovía con lo simple

-¿Cómo recuerda al Padre Mamerto Menapace?
– Supe de él en el tiempo en que comenzaba a plantearme la vocación sacerdotal. Lo conocí personalmente en el año 1981, cuando fui a hacer unos días de retiro a los Toldos. Lo recuerdo como una persona afable, capaz de traducir en palabras sencillas un mensaje profundo y capaz también de levantar la mirada hacia ideales verdaderos. Cosas que para un joven a veces no son tan habituales, pienso en la paciencia, la espera eh la maduración de un ideal, el jugarse por cosas que a lo mejor no se ven, pero se esperan de parte de Dios. Fue un hombre que nos dejaba inquietos y que, con expresiones muy elementales, a veces nos conmovía en una poesía o en alguna historia muy simple. Es verdad que hay grandes tratadistas, teólogos eruditos, hay doctores de la iglesia, pero también necesitamos de los poetas, necesitamos de los de los narradores. Quiero decir que, en un sentido, conectar lo popular con el arte y con la Fe hace que podamos crecer más armónicamente.
